Entro en el océano y buceo para alcanzar la superficie de lo oculto y lo superfluo.
Teatro de una tragedia.
Donde el fin y el principio se cruzan formando un arma,
arma que emplea su tono para morder lo inalcanzable de la nada.
Y ahí empezó la tragedia.
Sinuoso y suave,
diluyente y hostil.
Fructífero.
Aterrador.
Doliente.
La nada acechaba constantemente con su resplandor inapreciable e imperceptible mediante los sentidos humanos.
La nada creaba más nada y de nuevo atacaba con asoladora y oscura nada.
Pero algo montante y enfermo lloraba y se quejaba por nacer. Con miedo y valor, y profunda desesperación, preguntaba dónde estaba ella. Moría constantemente esperando nacer. Con la lluvia y corriente tempestad de lo ilimitado, seguía nadando, buceando los límites de lo no alcanzable.
Porque no había respuestas que responder a ninguna pregunta que pudiera existir. Automática e imprevisiblemente se mecía en la cueva escudriñando pasaje por pasaje. Pequeña mínima porción de una pasión rojiza por el despertar de lo eterno.
Títere de un director sin orquesta ni melodía. Vacío y lleno de mierda.
Mierda,
como único motor,
y esperanzadores renacientes y resquicios,
ardores brotes de locura y enfermiza pasión.
Velleza abrumada por lo orrendo.
Poesía amada por ciegos,
y actuaciones vistas por mudos.
Así es como canta el pájaro muerto que aún no ha nacido,
y cuyas alas solo se asoman por una orilla de un eterno cielo oscuro sin una mínima pero encantadora sonrisa de un agujero por donde mirar, que nunca se verá, pero que podrá apreciarse en este atardecer.
Mañana será otro día...
No hay comentarios:
Publicar un comentario